jueves, 12 de julio de 2007

REFERENTE LIBERTAD

Eugenio D´Medina Lora
referentelibertad@gmail.com

Heroína de nuestra época

Cuando muere un artista, los que disfrutaron y se identificaron con su arte, mueren un poco también. Sara Barreto murió en una carretera peruana el domingo 27 de mayo pasado, era cantante y hacía la música que identifica a gran parte de la Lima de hoy. Porque hoy, más que nunca, Lima es el Perú.



La conocían como la “Muñequita Sally” y le cantaba al limeño nacido de las últimas migraciones alto-andinas. Hombres y mujeres que hoy tienen entre veinte y cuarenta años, que surgieron de la expulsión demográfica de los poblados de sierras y selvas por esa perversa mezcla de empobrecimiento extremo, indolente abandono y terrorismo comunista gestado en los funestos setentas y ochentas en el Perú.



La propia Sara vivió en carne propia estas puñaladas que hacen que a los peruanos, nos duela el Perú. La pobreza le arrebató gran parte de su niñez. La violencia comunista le quitó a su primer esposo cuando Sendero lo asesinó. Pero Sara, en vez de resentirse del mundo, prefirió cantarle. Su sepelio fue multitudinario. Para sus admiradores, era un ídolo. Perdieron una de las excusas que el pueblo humilde tiene para ser feliz en medio del arenal, de la falta de agua potable y de los raleados desayunos.



Pero Sara Barreto era mucho más. Se dedicó a hacer empresa con su arte. Y con el fruto de esta actividad, construyó nada menos que un colegio. No levantó una discoteca o se gastó el dinero en el despilfarro fácil, sino que fundó un colegio privado. Y nada menos que en el lugar más extremo del Cono Norte de Lima, a la altura de una cárcel de alta peligrosidad, en medio de un arenal donde los niños juegan descalzos en medio de la tierra. Ni siquiera lo hizo en el floreciente barrio de Los Olivos, que viene a ser el Chacarilla del Cono Norte. Decidió apostar por la educación privada exactamente donde más se necesita, es decir, donde están los más pobres.



“Dios es Amor”. Así bautizó a ese colegio que empezó como un nido pre-escolar y que luego la obligó a comprar las casitas modestas vecinas para poco a poco, hacerlo crecer. Se preocupó por hacerlo bien y contrató a los mejores profesores que pudo conseguir. Quería ofrecer una buena educación porque comprendió acertadamente que es la educación individual lo único que nivela la cancha. Ese celo por la calidad, en medio de las restricciones, hizo que “Dios es Amor” ganara incluso competencias con otros colegios nacionales. Esto hizo que el colegio tenga más de cuatrocientos alumnos en todos los niveles educativos y que sus vecinos mueren por llevar a sus hijos ahí, a pesar de sus escasos recursos Y tenía la visión de que, a futuro, el colegio pudiera ser el germen de una universidad para instalarla en el mismo lugar. Al igual que el nombre de su colegio, Sara, qué duda cabe, también era amor por lo que hacía.



Seguramente Sara Barreto estudió en algún colegio nacional y le inculcaron la ideología del SUTEP. Pero ella optó por el camino opuesto a lo que aprendió. Apostó por su esfuerzo individual, no esperó que el Estado le resuelva su vida y se decidió a hacer empresa con el arte y la educación para servir a los que más necesitaban de ambos. Fue contestataria al statu quo, sin complejos y sin miedos. No necesitó leer ni a Smith ni a Tocqueville ni a toda la escuela austriaca. En su ejercicio de vida, aunque quizá sin saberlo, Sara abrazó a la libertad como filosofía de vida y al progreso como verdadera religión.


Sara Barreto es, por todo eso, heroína de nuestra época y de Nuestro Pueblo. “Dios es Amor” lo edificó en el mismo lugar donde vivía. La zona está bautizada con el nombre de “Carlos Manuel Cox”, un líder político aprista. No creo que el ex Premier Cox haya transitado por los arenales del kilómetro cuarenta de la Panamericana Norte. Pero no me cabe duda alguna de que ese lugar debe rebautizarse desde ahora como “Sara Barreto”. Más que una artista, una heroína de carne y hueso de la educación privada.

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